sábado, 26 de noviembre de 2016

Santiago de Calatrava, Centinela de fronteras y olivares.

En un tiempo marcado por las prisas, el estrés, las preocupaciones, la desconfianza y el temor por el futuro, uno no puede dejar de plantearse si quizás el mundo esté perdiendo el rumbo. Hemos progresado muy deprisa en cuestión de muy poco tiempo...Nuestros abuelos vieron unos campos, unos horizontes, una forma de vida en definitiva que no había cambiado prácticamente en cientos o quizás miles de años y de repente... todo cambia, todo se acelera, el mundo progresa ciertamente, pero por el camino se dejan muchas cosas.

Muchos niños a día de hoy van a granjas escuela a ver las ovejas y las cabras que ya solo habitan allí y que hace solo unas décadas alimentaron a su familia. Nuestros cielos cada día están más oscuros y contaminados haciendo que las noches estrelladas, poco a poco, se puedan disfrutar en menos lugares. Nuestros campos, que antaño eran una algarabía de cantos de pájaros, de correteos de conejos, zorros y demás seres vivos,  hoy aparecen esquilmados...y nuestras casas, que hace unos años permanecían abiertas a todo hijo de vecino, día y noche, se han convertido en pequeñas cárceles o en pequeños fortines recelosos del vecino más cercano.

Sin embargo, por fortuna todavía quedan muchos lugares de nuestra tierra, de nuestro Jaén, donde prima la cordura, donde reina la tranquilidad y el silencio de la naturaleza, donde la hospitalidad abunda y el forastero es recibido como el amigo que se acerca a disfrutar de tantos dones, olvidados por muchos.

Toda esta reflexión, amigo, amiga, me asaltó no hace mucho, cuando pude disfrutar de un paseo por un hermoso rincón de nuestro Paraíso Interior llamado Santiago de Calatrava. Un lugar tan cercano a mi ciudad, tan cercano a mí mismo, que solamente puedo comenzar pidiendo perdón por no haber dedicado tiempo antes para contar algunas de las maravillas que este remanso de paz entre olivares ofrece.


Este pueblo que se alza en la misma línea que separa Jaén y Córdoba, guarda buenas muestras del pasado histórico de nuestra tierra. En su término municipal aparecen no pocos vestigios arqueológicos de tiempos pasados, ya sean íberos, romanos o árabes. La mayoría de estos yacimientos nos cuentan historias de pequeños asentamientos humanos que fueron desapareciendo, mientras que Santiago de Calatrava sobrevivió a todos ellos.


Este enclave olivarero, cobró importancia durante el medievo cuando siendo una alquería dependiente del Iqlim o distrito de Martus (Martos), fue conquistada por Fernando III el Santo, el cual la entregó a la Orden de Calatrava junto a toda la Comarca de Martos en el 1228.

 

Aquí construirían los calatravos su castillo, del que hoy no quedan restos y del que apenas existen reseñas históricas, pero que con toda probabilidad debió estar formado por una Torre del Homenaje (como buena costumbre calatrava que era el construirla cuando tomaban el control de cualquier territorio) y de un pequeño pero fuerte cerco amurallado que se encontraría muy cercano a la Iglesia y en torno al cual, iría creciendo la población, según las pocas crónicas que existen. Dicho fortín fue golpeado en no pocas ocasiones. Algunas, aprovechando los numerosos cercos que se produjeron en las defensas de la Villa de Martos y uno de los principales fue el ataque que esta población sufrió en 1471 de manos de los Nazaríes que afectó a otras poblaciones cercanas como Higuera de Calatrava y que ocasionó numerosas muertes y destrozos.

 

Tras la Reconquista, formando parte de la Encomienda Calatrava de Martos, la población comenzó a crecer aprovechando las fértiles tierras de la zona en las que el cultivo de cereal creció enormemente, hasta que a mediados del siglo XIX, comenzase a llegar el olivar.


Pero con la modernidad, no llegó la calma a este bello rincón de Jaén. La Guerra Civil Española golpeó duramente esta población. Al inicio de la guerra, toda la provincia quedó del lado del Gobierno de la República Española, pero esta situación comenzó a cambiar cuando en Diciembre de 1936, las tropas alzadas a las órdenes del lunático Queipo de Llano, irrumpieron en las cercanas poblaciones de Baena y Valenzuela.


Desde la Gobernación de Jaén y desde el C.O.I o Cuartel Oficial de Información e Intendencia establecido en Martos, se dieron órdenes de evacuación de Santiago e Higuera de Calatrava, cuando las tropas sublevadas comenzaron a acercarse peligrosamente hacia esta población y más aún, cuando el 24 de Diciembre entraron los sublevados en Lopera y el 1 de Enero en Porcuna.


Las gentes de la zona fueron reubicadas en Torredonjimeno y Martos y la frontera administrativa que dividía Córdoba y Jaén se convirtió en una frontera de hierro y fuego. Cuando finalmente acabó la guerra, los pueblos vacíos de Santiago e Higuera, se convirtieron en cárceles improvisadas, en campos de concentración donde llegaron a vivir (en el caso de Santiago) más de 6000 personas presas, que utilizaban las propias casas como celdas. Entre todos los presos, llegó a estar un famoso pintor conocido en toda la provincia como es Rafael Zabaleta.


Tras los primeros y tumultuosos tiempos de posguerra, la calma y la normalidad poco a poco volvió a instalarse en Santiago de Calatrava y los evacuados comenzaron a regresar. Multitud de edificios y viviendas fueron reconstruidos y los campos arrasados, surcados por trincheras, comenzaron a volver a recuperarse, consiguiendo que esta población creciera enormemente, superando los dos mil habitantes.

Lamentablemente tras algunos años, muchos habitantes volvieron a marcharse y la ola de emigración de los años cincuenta y el llamado éxodo rural dejó a Santiago de Calatrava con unos ochocientos habitantes en la actualidad, aunque el envejecimiento de la población es un gran problema tristemente y parece que dicha cifra pueda seguir disminuyendo.


Y digo tristemente porque esta hermosa villa no se merece caer en el olvido y en la despoblación, cuando sus olivares y sus tierras calmas siguen ofreciendo un cuantioso tesoro en forma de oleoturismo y de turismo ecológico, ya que por sus tierras deambula la avutarda, ave desconocida por muchos, que se encuentra en peligro de extinción y que en los últimos años viene atrayendo a muchas personas para intentar contemplarla en esta zona.


Estas calles están habitadas por gente amable y hospitalaria que con gusto y orgullo se deleitan contando las maravillas de su Iglesia de la Virgen de la Estrella construida en 1723, cuya espadaña emula lo que hace siglos fuera la fachada de su castillo,


o que muestran los avatares sufridos por su Ayuntamiento, que antaño ocupaba el edificio hoy Hogar del Jubilado-Biblioteca, y que actualmente se encuentra en un nuevo edificio que preside la Plaza de la Constitución.



Estas gentes que casi sin conocernos ya nos invitan a venir a su romería de San Isidro y a disfrutar del entorno donde se alza su humilde ermita, merecen que uno de sus grandes sueños, el que su pueblo siga perviviendo a lo largo de los siglos como hasta ahora, llegue a buen puerto.


Buenas oportunidades ofrece esta tierra amable para ello, pues al olivar se le suma su pródiga historia donde resalta su pasado calatravo y medieval (tan de moda hoy en día), su cielo despejado que ofrece unas increíbles oportunidades para el turismo astronómico (hoy más en alza que nunca, con las recientes declaraciones de Reserva Starlight en Jaén), su gastronomía influenciada por la cercana Córdoba (Gastronomía de Jaén y Córdoba fusionadas, quién se resiste a eso) y su modo de vida, tan similar al de los llamados pueblos slow donde la amabilidad, lo auténtico y lo autóctono, son una marca que atrae a miles de personas, demuestran que Santiago de Calatrava tiene cuerda para rato.


Yo por hoy, me despido de este pueblo hermano y amigo, donde tengo el honor de contar con algunos amigos y amigas a los que saludo y dedico esta entrada, con la firme promesa de que no será la última vez que pueda describir estos bellos lugares.

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