sábado, 14 de octubre de 2017

El Oratorio Rupestre de la Veguilla en Rus. En busca del templo perdido

Saludos, amigas y amigos.

Hoy me vais a dejar que me ponga un poco peliculero (con el título del artículo lo digo todo) pero el lugar que hoy os voy a mostrar me ha cautivado tanto y he disfrutado tanto buscándolo e investigando sobre él, que merece ser narrado de la forma más especial posible, para al mismo tiempo que os animo a visitarlo, intentar que la magia que se respira en este lugar llegue hasta vosotros/as.


Yo siempre he sido de la opinión, de que en Jaén tenemos auténticos tesoros patrimoniales que de existir en otros lugares, estarían puestos en valor, visitables y convertidos en minas de oro turísticas. No sé si el abandonar nuestro patrimonio a su suerte es algo solo de Jaén, de Andalucía o de todo el país, pero el hecho es, que es todo un despropósito dejar nuestro rico pasado en manos de expoliadores, vándalos y demás gente de mal vivir.

 

Uno de esos tesoros, sin la más mínima duda, es el Oratorio Rupestre de Valdecanales en Rus. Una auténtica joya, singular, especial e histórica que se encuentra enclavada en mitad del olivar, junto a una carretera medio olvidada, sin ningún tipo de señalización ni protección que hace que se encuentre incluido en la Lista Roja del Patrimonio Español en Peligro.

Más Info:
http://mangelcaballero.blogspot.com.es/2012/10/oratorio-rupestre-de-valdecanales-un.html

Hoy por hoy, es grande el desconocimiento que se tiene de este lugar. Lo curioso del mismo es, que se encuentra en una zona vecina al Oratorio Rupestre del Giribaile, a pocos kilómetros del lugar, lo que convierte a toda esta zona en una de las más ricas históricamente e interesantes por conservar los pocos ejemplos de este tipo de construcciones que tenemos en la provincia.


Más Info:
http://mangelcaballero.blogspot.com.es/2013/12/el-castillo-de-giribaile-la-atalaya-de.html

Hasta hace bien poco, yo creía que estos dos lugares eran los únicos de este tipo existentes en Jaén, hasta que encontré otro en la Sierra Sur, en Fuensanta de Martos.


Más Info:
http://mangelcaballero.blogspot.com.es/2017/06/el-oratorio-rupestre-de-fuensanta-un.html

La sorpresa vino cuando hace pocos días llegó a mis manos la imagen de un nuevo Oratorio que además al parecer se encontraba de nuevo enclavado en Rus.

 

Sin tener muy claro si existía o no, buscando la escasa información en Internet y encontrándome con que Don Sabelotodo se disculpaba por no poder arrojar mucha luz sobre el lugar, sin demasiadas esperanzas de toparme con este antiguo templo sagrado, pero al mismo tiempo con la esperanza de encontrarlo guiado por no sé qué fuerza, puse rumbo una vez más hacia el centro de la provincia.


Al parecer este antiguo santuario visigodo se enclavaba en la actual "costa" del Pantano de Giribaile y en años lluviosos, que desgraciadamente no es el caso, se oculta bajo las aguas.

Puesto que este tipo de recintos estaban retirados de la población y sus habitantes vivían aislados (pero muy posiblemente comunicados entre santuarios) comencé la búsqueda de puntos fundamentales para la vida, como fuentes de agua.



Resulta que dos o tres arroyos aún surcan estas lomas y desembocan en el actual pantano.

Buscando en torno a ellos, comencé por la cabecera del mar artificial de Giribaile. Sin embargo, este lugar no es más que una sucesión de acantilados y bloques de piedra derrumbados por los que caminar es un suplicio imposible de soportar.

Dirigiendo mis pasos pantano abajo, hacia la pared que embalsa las aguas, topándome con bosquetes de taráis y de espinos que han invadido el espacio que durante mucho tiempo perteneció al agua, me encuentro con un pequeño delta surgido de las aguas de un arroyuelo, que llaman del Valdio.

Son ya muchos los kilómetros recorridos en una búsqueda infructuosa y comienzo a pensar que estoy perdiendo el tiempo, que es mejor que me dirija hacia el cercano Oratorio de Valdecanales, a un par de kilómetros de distancia y vuelva a disfrutar de este lugar que aunque también desconocido y oculto, es conocido por mí.

Tras prácticamente 10 kilómetros recorridos en torno a la orilla del pantano, arrasados por la sequía que destroza nuestro país, me encuentro ante una playa cuyas arenas son una auténtica trampa que pareciera fuera artificial y colocada en este lugar a propósito. La arena batida por las constantes y tranquilas olas de este lago artificial hace que uno se hunda casi hasta las rodillas, lo cual es una pésima noticia puesto que bajo este banco de arena, el agua se encuentra muy cercana a la superficie, lo que significa que cuanto más te adentres en la arena, peor será la escapatoria. Prácticamente rodeado de un bosquete de espinos invasores, no sé exactamente cómo, consigo escapar de las arenas, encontrándome al paso con antiguas estructuras realizadas por el hombre, que parecen ser antiguos pozos y acequias.

La orilla destrozada por las constantes subidas y bajadas del agua acumula en este lugar una importante cantidad de escombros, que no parecen haber sido arrastrados por las aguas, sino haber formado parte de una antigua construcción, borrada del mapa por las aguas.


Un pequeño promontorio coronado por más ruinas, apenas despunta entre las arenas del lugar y tan solo una pequeña pared se alza entre ellos. Acercándome al lugar, tratando de escapar de la trampa en la que me había metido, me encuentro súbitamente ante el lugar que llevo buscando toda la tarde.


 

El Templo perdido y nunca mejor dicho, puesto que es imposible localizarlo de no darse de bruces con él, pues se encuentra oculto entre la maleza y los escombros.


El Oratorio Rupestre de la Veguilla es una enorme cueva excavada en la roca. Para acceder, se entra por una pequeña puerta adintelada con una gran roca. En su interior, la cueva está compuesta por un enorme corredor de 20 metros que termina en un pequeño repecho, en el que la cueva gana altura al tiempo que se divide en tres estancias repartidas a modo de cruz.


De hecho, todo el Oratorio en sí está construido en forma de cruz. De este modo, surge un pequeño templo subterráneo, en el que al fondo del oratorio se encontraría el Sancta Sanctorum o presbiterio reservado a los monjes superiores de este lugar sagrado, mientras que el resto de la estancia, podría estar reservada a los asistentes a los cultos.



Lamentablemente, este lugar en la actualidad se encuentra parcialmente enterrado, como podéis ver en las imágenes, ya que o bien parte del techo en algún momento se derrumbó, cayendo los escombros sobre la cueva, o bien probablemente, el hecho de quedar inundada esta estancia propiciara el arrastre de materiales hasta la cueva por la presión del agua.


Como digo, este lugar es una cruz latina excavada en la roca con la excepción de dos estancias que se encuentran al entrar a la misma, que quizás pudieron ser reflectorios donde los fieles del lugar se recogían para sus oraciones.


Uno de los laterales de la cueva se encuentra excavado en 8 lugares diferentes, formando hornacinas que bien parecen también pesebres para animales, lo que lleva a pensar que, o bien ya existían cuando este oratorio estaba en funcionamiento, o bien fueron reutilizados y agrandados siglos más tarde; ocupando este lugar como establo por algún cortijo cuyos restos están esparcidos por los exteriores del lugar.


De ser así, sin duda sería una clara muestra de cuánto daño hace el desconocimiento sobre la historia y sería además, otra afrenta dolorosa hacia este cenobio que muy posiblemente, sea anterior al de Valdecanales, lo que significa que estaríamos hablando de un lugar construido en el Siglo IV-V d.C y que junto al anteriormente citado, serían los únicos oratorios rupestres del sur de España.


Por mi parte, hoy voy a despedir este artículo aquí, sí. Sin dar siquiera una orientación aproximada de este lugar cuyo desconocimiento, lo ha preservado de ataques y expolios que serían sin duda, el oprobio final de un lugar que indudablemente, merece mucho más.


Cuánta historia esconden nuestros viejos y callados olivares...

miércoles, 11 de octubre de 2017

El Por qué de las cosas: Comer pipas ¿Costumbre Española?

Saludos amigas y amigos.
En este pequeño apartado en el que nos acercamos a las curiosidades cotidianas de nuestra vida que muchas veces pasan desapercibidas, hoy quiero hablaros sobre una de las costumbres más arraigadas en la actualidad en nuestra sociedad, que pareciera que llevan toda la vida con nosotros y que realmente son unas auténticas moderneces.
Y es que ¿a quien no le gusta comer pipas? ¿Quién no se ha abandonado largos ratos de conversación con los amigos los fines de semana o las noches de verano a la fresca comiendo puñados y puñados de ese fruto seco? 
¿Que sería del botellón, de los bares sin las pipas tostadas de girasol?
Sin embargo esta costumbre tan tan española, apenas si tiene 100 años...
 
Parece ser que está costumbre comenzó a extenderse en España tras el Crack de 1929, que trajo la mayor crisis y depresión económica de la historia.
 
Nuestro país, sufrió las consecuencias de esta crisis, agudizada por una crisis agraria que hacía estragos en las despensas españolas y una crisis política que dejaba a nuestro país dando tumbos, entre una monarquía a punto de derrumbarse sin apoyos políticos, que había utilizado como salvavidas una dictadura que estaba a punto de caer y que iba abocada a la proclamación de la II República.
 
En aquellos años, los infinitos campos de cultivo de la Unión Soviética comenzaron a abrirse al mundo y a exportar ingentes cantidades de pipas de girasol que fueron adquiridas por nuestro país, inicialmente como un producto barato para la alimentación animal.
 
La crisis agudizó el ingenio y no tardó en ser incorporada esta nutritiva semilla a la dieta obrera sobre todo, que en aquellos años se limitaba a combinar patatas, legumbres y algunas hortalizas. 
El consumo de pipas comenzó a crecer en zonas agrarias como Galicia o Castilla la Vieja (actual Castilla y León) pero no llegó a generalizarse hasta 10 años más tarde con el inicio de la guerra civil española.
 
La guerra, produjo una gran escasez de productos básicos que obligó a completar la dieta con todo tipo de productos (que hoy día, tienen un espacio importante en nuestra dieta y en nuestros aperitivos) destacando  leguminosas como las avellanas, las pipas de calabaza, la raíz del regaliz (palodú, sustitutivo del azúcar en aquellos años) y otros hoy si más olvidados, como las algarrobas o las bellotas.

 
En el caso de las pipas de girasol, su consumo no se generalizó hasta la irrupción en España de las Brigadas Internacionales provenientes de la URSS, que trajeron con ellas, la costumbre muy rusa y soviética del consumo de pipas.
 
Rápidamente, el consumo de estas semillas se convirtió en tan popular y socorrido (en zona Republicana) que los vendedores ambulantes se contaron por miles y su consumo se volvió tan habitual que llegó a producir problemas de higiene, por las ingentes cantidades de cáscaras que se acumulaban en lugares públicos como los cines.
Su irrupción fue mal vista en muchos sectores de la sociedad, empezando por la sociedad más conservadora, que vio en este producto una comida de pobres u proletarios, y que llegó a convertirla en un tabú para las mujeres, que eran mal vistas cuando las compraban y las comían en público.
 
No es de extrañar por tanto que durante los primeros años de la dictadura, quisieran arrancar de raíz esta costumbre (que se había extendido por todo el país al finalizar la guerra) a la que se atribuía signos de cultura libre y su consumo se prohibió en múltiples espacios y se persiguió a las mujeres que las comían libremente en los espacios públicos.
Claro está, que lo prohibido siempre suele producir el efecto contrario al perseguido.
Y así, una semilla que al principio fue pensada para animales, terminó convirtiéndose en el más popular de los alimentos que hoy seguimos consumiendo, como si fuera lo más propio de nuestro país...cuando fue realmente una costumbre inaugurada por nuestros bisabuelos y abuelos en aquellos tristes años.

domingo, 8 de octubre de 2017

Martos ayer y hoy II. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?

¡Saludos, amigas y amigos!

No sé si será por el final del verano, por el regreso a la normalidad (normalidad teórica, claro, que algunos este año de vacaciones, cero) o porque en este fantástico mundo de internet abundan personas que están en guerra con el mundo, y han decidido apuntar sus cañones una vez más contra mí...o quizás, por lo que me he encontrado al realizar este artículo; pero ando un poco afligido últimamente. 

Sí, lo sé, no importa lo fuerte que golpeas, sino lo fuerte que pueden golpearte y lo aguantas mientras avanzas. -Rocky

Aún así, cuando ciertos valientes ocultos tras internet se fijan en ti para destruirte, de vez en cuando flojean las fuerzas. Pero en fin, supongo amigo/amiga, que si estás aquí leyendo esto, nadie te ha obligado a ello, ¿verdad?

Si estás aquí, es que tengo algo, aunque sean cuatro estupideces, que decir, que igual te interesan o no, eso ya no lo sé. 

Sea como fuere, gracias por leerme, gracias por estar aquí.

La entrada de hoy es muy especial. Por segunda vez en la historia de este blog, me dispongo a viajar contigo en el tiempo, siguiendo los pasos que hace décadas recorrieron fotógrafos que retrataron para la posteridad nuestra hermosa ciudad.

Una vez más, he conseguido las fotografías de ese gran y magnífico grupo llamado Martos en el Recuerdo al que tanto debo.

En esta ocasión, he utilizado imágenes en color mayormente, que nos muestran desgraciadamente un Martos en el recuerdo... perdido, triste y lamentable. 

No son tan antiguas, obviamente, que las del anterior artículo. Si no me equivoco, muchas de ellas tienen hoy unos 60-65 años pero comparándolas con la actualidad nos hablan y nos dicen que para el Casco Histórico de Martos, cualquier tiempo pasado fue mejor. 

La mayoría de las calles que hoy os muestro son esas típicas calles marteñas que están alejadas de los itinerarios culturales normalmente, son las calles normales, las corrientes y molientes, donde simplemente se vivía, nada menos. Y se vivía como se podía, como toda la vida. 

Casas encaladas con cal y con zócalo de chinorro azul, o blancas completamente (vamos, al estilo paleto dirán algunos hoy día, cuando las casas se pintan de un universo de colores en el que el blanco casi está prohibido). 

Casas pequeñas que daban para lo justo, donde abundaban las paredes de tapial, la teja árabe y los tabiques con más de medio metro de grosor; toda una chapuza estética, patrimonial y funcional que obligaba a los primitivos habitantes de estas viviendas a vivir frescos en verano y calientes en invierno, sin aires acondicionados ni nada. En ellas, durante siglos, llegaron a vivir varias familias en una misma casa, conviviendo además con animales de corral y de carga, lo cual era un auténtico atraso, puesto que lo sensato es pagar por comer animales sobrealimentados y criados en pocas semanas, hacinados en granjas, con ayuda de algún aditivo de crecimiento semilegal.

En definitiva, un mundo atrasado, donde los marteños y marteñas vivían con las puertas abiertas las 24 horas del día, donde la calle o barrio era una estructura casi familiar donde todo el mundo ayudaba a todo el mundo y todo el mundo era conocido. Mucho mejor que ahora, que cada piso y/o vivienda es una celda que nos aísla del mundo y nos encierra en nuestra amena vida social de Twitter, Facebook, etc.

Un mundo, hoy perdido. Unas calles de las que todo el mundo quiere huir al parecer y los que reivindican su pervivencia lo hacen casi siempre, desde el recuerdo de haber vivido en estos lugares.

Hoy día, muchos aún intentan buscar culpables de este abandono. No me extrañaría que como ya ha ocurrido en ocasiones, algún partido político oportunista utilice mis artículos como ariete contra sus adversarios. Háganlo. Aunque ustedes mismos serán parte del problema. 

Pero, si buscamos culpables de la triste situación de nuestro Casco Antiguo, del corazón de Martos, tenemos que empezar mirándonos al espejo. ¿O acaso algún ayuntamiento nos ha obligado a abandonar nuestras casas y barrios?

Claro está que las instituciones tienen su culpa. Es totalmente absurdo y estúpido ver cómo Martos en cuestión de 30-40 años ha duplicado su tamaño mientras que la población se ha mantenido o ha crecido mínimamente. ¿Construirías un lujoso rascacielos sobre unos olvidados cimientos a los que día tras día les va afectando más y más la corrosión, la dejadez y el olvido?

Pues por estúpido que parezca, en este país del pelotazo donde los auténticos emprendedores son los constructores que construyen por 1 y venden por mil (llevándose por delante muchas veces, yacimientos arqueológicos de un valor extraordinario como la Zona Arqueológica del Polideportivo de Martos ZAMP, un yacimiento comparable al famoso Marroquíes Bajos de Jaén, la Atlántida según algunos famosos documentales, o edificios de alto valor histórico como la antigua fábrica de aceites Elosúa), es lo más normal del mundo, alimentando así un problema que no acaba, que empeora día tras día, puesto que mientras que las grúas y las hormigoneras se afanan en conquistar los pocos solares que quedan en la zona nueva o en invadir antiguas zonas de cultivo (que curiosamente cada día se acercan más al polígono industrial, para disfrutar del "aire puro industrial"), el Casco Histórico de Martos cada día se llena más de solares, casas abandonadas o tapiadas. 

Mientras que el nuevo Martos, o nuevo nuevo Martos, o el nuevo nuevo nuevo Martos vive su feliz juventud, ajeno a todo; el viejo Martos languidece cual abuelo chocho encerrado en un asilo, al que ninguno de sus numerosos hijos quiere ver aunque le deban la vida y todo lo que tienen. 

Pero señores, ¿qué sería de Segovia sin su viejo Acueducto? ¿De Córdoba sin su vieja Mezquita? ¿Qué es España sin Al- Ándalus, Hispania, Iberia? ¿Qué es de ti, amigo/amiga, sin tu niñez, juventud...?

¿Qué será Martos sin su Casco Antiguo de más de 3.000 años de vida

En fin, quizás esté pecando de negativo o de pesimista, total, si el día de mañana llegan las faldas de la Peña a la Fuente Nueva, a quién le importa. 

Para ver si estoy diciendo la verdad o mintiendo, solo tienes que mirar estas fotos y viajar en el tiempo hasta el final del artículo. Y luego...ya me cuentas:

 


Calle Campanario Bajo:

Calles en las que crecía el musgo y alguna hierba entre las piedras que formaban su pavimento.

Farolas colgando de un cable. Pequeñas pero esmeradas casas de una sola planta.

Todas estas cosas hoy ya no están, junto a varias casas que aparecen en la imagen. El vacío que dejan, ha transformado esta calle en una con las mejores vistas de Martos.


Plaza de la Constitución: 

Un ejemplo de tanto, de como se hacía el mercado en las calles de la Plaza e incluso en las puertas del antiguo Mercado de Abastos.

Tal vez, en esta imagen en la que aparece la Calle Adarves cortada por obras, estuvieran sustituyendo las calles empedradas por el actual adoquinado. 

Las casas antiguas contiguas al Ayuntamiento aún se dejan ver (tras ser derruidas, en su subsuelo surgieron importantes restos arqueológicos cuyo destino no está muy claro) junto al Pilar que surtiría agua constante en aquel tiempo, mientras que hoy se mantiene casi siempre seco.


Calle Córdoba:

En esta imagen de esta calle, podemos ver cómo el mercado y el mercadillo se hacían en torno a la Plaza de la Constitución.

Una costumbre que se alargó durante siglos, reuniendo a cientos de personas hacia este punto tan céntrico e histórico de nuestra ciudad.

Desapareció y se mudó a la zona nueva, privando a nuestra plaza de la gran afluencia de público que a día de hoy...le vendría muy bien a nuestro Mercado de Abastos, tan solitario actualmente.

Por lo demás, vemos una vivienda que se mantiene igual, hoy convertida en sede de la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad.
 




Callejón de la Calle Córdoba:

Algunos dirán que esta parte de Martos nunca tuvo patrimonio. Los que realmente conocemos este lugar, que hemos crecido y jugado en cada uno de sus rincones, sabemos que no es así.

Antiguos palacios, señoriales casonas y cuidadas portadas se alzaban y adornaban este lugar, hablándonos de los antiguos señores, obispos y demás personalidades marteñas que vivieron aquí.

Nada queda de todo aquello. Hoy, unas oficinas surgen donde antaño se alzaba un gran palacio del que solo queda su solar, hoy mitad escombrera, mitad parque urbano.


Calle Alta Felipe: 

Un humilde marteño marcha sonriente junto a su burro, primorosamente ataviado, mostrando unas artes que existieron durante milenios y que han desaparecido en cosa de décadas. 

La Casa de las Ánimas se alza blanca, no habitada por almas errantes como algunos creen por su nombre, sino rebosante de vida, siendo un edificio histórico construido por la desaparecida Cofradía de las Ánimas, constituida para velar, rezar y pedir por las almas que transitaban hacia el purgatorio.


Callejón de la Calle Felipe:

Todavía me cuesta creer que el lugar que aparece en la foto es el mismo de hoy día. 

Hasta tuve que pedir ayuda, puesto que no reconocí el lugar. Y es que según parece, cuando se realizó la foto, esto no era un callejón sin salida como es hoy y daba acceso según parece a calles y casas de las que yo no tenía conocimiento. 

Y es que las retorcidas callejuelas que aparecen recorridas por dos señoras mayores (o eso parece) y las casas que se encuentran tras ellas hoy son simple y llanamente...laderas de la Peña.

Y como se puede ver, la calle termina hoy al final de los escalones.

¿Cómo era esa calle y esas casas? Una calle típica marteña, con casas blancas con geranios y cantos rodados en la calle de la que no queda nada prácticamente.
 


Calle San Pedro:

Afortunadamente, este retazo de Martos se conserva medianamente bien.

Aunque a las fachadas encaladas y adornadas con geranios le han salido competidores con la ridícula costumbre de azulejar las fachadas, aún se puede recrear esta antigua estampa de niños jugando tranquilamente en estas estrechas calles que no dejan paso al tráfico rodado.


Calle de la Peña:

Las calles empedradas de canto rodado, que durante siglos asfaltaron nuestra ciudad, ya son historia. Lo curioso del asunto es que no desaparecieron, solamente quedaron enterradas bajo capas de cemento que años después han demostrado ser inútiles y poco duraderas,  puesto que en muchas zonas de esta calle, esa capa de cemento está ya desapareciendo y dejando al aire, de nuevo, el pavimento de canto rodado que desde siglos se mantiene en su lugar.


Los campos de erial donde se plantaban las abundantes cosechas de grano también desaparecieron y las incipientes estacas hoy son olivos maduros, que hacen famosa a nuestra ciudad por sus aceites de oliva, aunque el monocultivo tiene sus consecuencias, puesto que mientras que hace siglos el campo marteño daba 3 cosechas: vid, aceituna y cereal, hoy solo da una.

Los niños que se arremolinaban en las calles hoy no se dejan ver apenas y es que la mayoría de estas casas, hoy solo guardan animales y el silencio de la falta de habitantes solo se ve interrumpido por el sonido de algún animal.


Mirador del Portillo: 

En el mismo lugar donde hace siglos se encontraría una pequeña puerta de muralla que da nombre a la calle y al barrio, encontramos este mirador. 


En la foto antigua, podemos ver de nuevo los antiguos eriales marteños donde crecía el grano que alimentaba la importante cabaña ganadera marteña y daba la harina de trigo tan fundamental en nuestra dieta.

Podemos ver también las antiguas huertas que llenaban los márgenes del arroyo de la Fuente de la Villa, hoy urbanizado y asfaltado. 

En los tejados, comienzan a aparecer las antenas de televisión en las casas de la Calle Bermeja, otra calle hoy vacía.


Podemos ver las casas que ocupaban el antiguo barrio del cerro, hoy desaparecidas y un poco más abajo, vemos el antiguo cuartel de la Guardia Civil en la Fuente de la Villa, en el que llama la atención la garita de vigilancia que parece tener en la zona superior, hoy desaparecida al pasar a ser un bloque de viviendas.



Del colegio San Amador y del barrio que surgió en la zona de la Cruz Roja y entorno del camino ancho, tampoco vemos en aquellos años ni rastro.

 


Calle Ventilla:

Las primeras casas de Martos se alzan asentadas a pocos metros de la roca madre de nuestra Peña. El burro en la puerta, hoy es un elemento desaparecido, sustituido casi siempre por ciclomotores que ocupan el lugar de los burros en extinción. Estas casas, hoy parcialmente escondidas entre las plantas ornamentales, siguen en su sitio, guardando el paso hacia la Ermita de la Peña.
 


Calle San Pedro:

Otra calle que perdió sus escalones. Junto a ellos, los oficios como el bordado que vemos realizando tranquilamente a esta mujer sin ningún temor de ver alterado su trabajo por el paso de algún vehículo a motor, también han quedado olvidados aunque se están recuperando a marchas forzadas y no son pocos los cursos que se realizan para volver a aprender lo que antes se enseñaba de padres a hijos.

Curiosamente, las puertas se mantienen todas en su lugar, mientras que las casas que guardaban, algunas hoy, ya han desaparecido.



Plaza del Llanete: 

Parece una fría mañana invernal e incluso, que el suelo está nevado. El antiguo templo de la Virgen de la Villa se esconde tras los edificios, pero se adivinan las murallas calatravas en las que se asienta. 

El edificio de Correos, antiguo Café España se alza junto a una antigua almazara que años después fue derribada y en cuyo suelo, surgió uno de los grandes tesoros de Martos, el Sarcófago Paleocristiano de Martos y un antiguo baptisterio visigodo. ¿Tal vez se encontraba aquí la antigua Catedral Tuccitana Sede Episcopal

En el centro, casas que hoy sobreviven con mejor o peor fortuna. Y a la derecha, casas hoy también desaparecidas, cuyo espacio fue ocupado por un bloque de pisos construido de aquella manera, sin realizar en su suelo ni una mísera inspección arqueológica que seguro habría separado sorpresas...cosas de los felices años 2000, con el pelotazo del ladrillo y que hoy nos dejan la peor crisis económica del siglo.


Plaza de la Constitución:

Esta imagen en blanco y negro de nuestra plaza, del centro neurálgico de Martos, posiblemente tenga hoy cerca de 140 años.

La zona verde del centro es mucho más frondosa hoy que por entonces y muchos edificios quedan ocultos tras ella. 

El Ayuntamiento y las primitivas casas de la Plaza (que fueron sustituidas por el Edificio de La Amistad) quedan hoy ocultas. 

Las antiguas farolas han desaparecido junto a la gran y hermosa valla que rodeaba toda la plaza, la cual por culpa de las descerebradas modificaciones que sufrió durante el franquismo este lugar, quedaron reducidas, cerrando hoy solo el centro ajardinado.

Obviamente, la posición desde la que se toma una imagen y la otra no son las mismas. Y es que el fotógrafo original, no tuvo que lidiar con la aglomeración de coches que hoy rodea nuestra Plaza.


El Albollón:

Aunque en un principio me planteé retirar ese horrible cubo de basura para hacer la foto, al final lo dejé para que muestre la imagen real del momento al fin y al cabo.

¿Cómo es que en la imagen antigua no aparece ese cubo?

Muy sencillo. Hasta épocas muy recientes, la sociedad en la que vivimos no era tan derrochadora ni tan destructiva con el medio ambiente.

Hasta mediados del siglo XX, no comenzaron a producirse las ingentes cantidades de basura que tenemos hoy.

Los restos de comida y residuos orgánicos servían para alimentar a los animales de corral, los alimentos envasados eran escasos y los envoltorios, latas o papel de estraza, se reutilizaban o se quemaban en las lumbres.

El plástico era inexistente. Años más tarde, comenzó a introducirse un pequeño servicio de basuras hasta llegar a la tremenda cantidad de basura que hoy día generamos.

La imagen, por lo demás es poco diferente y en ella ya podemos ver cómo el refugio antiaéreo de la guerra civil construido bajo las tapias blancas ya se encuentra cerrado, como décadas después se mantiene.
 


Calle Ogazonas Alta:

La primera calle de Martos. Posiblemente, se asiente sobre lo que fue el antiguo Martos Íbero y exista desde hace miles de años.
En la actualidad, apenas un puñado de vecinos resisten en ella y muchas casas hoy son ya recuerdo, conquistadas por las faldas de la Peña.



Las casas se mantienen e incluso las ventanas y rejas, aunque los usos de las mismas han cambiado.

Plaza de la Fuente Nueva:

Una imagen de lo que se consideraba modernidad en el siglo XX.

Las antiguas casas, cada una con su tipología especial, que se alzaron en esta plaza, van siendo sustituidas por insulsos bloques de pisos, cada uno idéntico al anterior; robándole el carácter a esta antigua plaza, en la que años atrás estaría el Pilar de la Fuente Nueva que le da nombre, junto al antiguo Convento de San Francisco, que fue destruido sin plantearse siquiera su restauración y que como vemos en la imagen, ya estaba siendo sustituido por el actual templo.


Calle Córdoba:

Esta calle ya apareció en el anterior artículo pero creo que debía volver a aparecer contrastando cómo va cambiando con los años.

En la primera imagen, vemos una Calle Córdoba en los años de la Guerra civil o posteriores. 

Los huecos del campanario están cegados para proteger al monumento de las bombas y además utilizarlo como caja de resonancia para las alarmas antiaéreas de la Defensa Especial Contra Aeronaves.

En la calle, frente a fachadas de viviendas señoriales, se ven escombros posiblemente frutos de los bombardeos nacionales.

En la siguiente imagen, ya a color, vemos las viviendas que estaban adheridas al campanario hoy desaparecidas.

Vemos igualmente cómo el campanario ya tiene algunos vanos de las campanas de nuevo abiertos y que además, se encuentra en un estado de conservación regular, al estar plagado de hierbas parásitas.

La campana que asoma tiene una extraña posición. Tal vez se hizo la foto con las campanas en movimiento o tal vez, tras la guerra, se restituyeran las campanas en una posición provisional que no les permitía mantenerse rectas. 

Una imagen muy triste, puesto que comparada con la actualidad, podemos decir que la población de esta calle es prácticamente nula...estando a dos pasos de nuestra plaza principal.


Calle Hospital:

Aunque aparentemente esta calle se mantiene bien y muchas de sus casas están igual, el hecho de que la calle esté presidida por un enorme solar (que queda fuera de la fotografía) también nos da indicios para la preocupación.

Algo hemos mejorado. La altanera Torre del Homenaje a día de hoy se alza restaurada mostrándose como en sus buenos tiempos.



Callejón de la Calle Alta Felipe: 

Lo más grave de esta foto no es que sea uno de los rincones más pintados de Martos que adorna exposiciones y edificios.

Lo más grave de este lugar, es que básicamente yo podría ser uno de esos niños, puesto que yo he jugado ahí mismo, en esos "patines" como aquí los llamamos.


Yo he jugado en ese lugar, estando así exactamente y hoy...es otro trozo más, ganado por las faldas de nuestra Peña...

Lo increíble, es que esas casas seguramente tendrán origen anterior a los visigodos o romanos y no eran malas casas en absoluto, puesto que si nos adentramos en lo que queda de su solar, nos encontramos con que tenían un jardín-huerto con piscina, todo un lujo, más aún sabiendo que se encontraban vecinas a la Peña y que las vistas que uno podía tener mientras se daba un baño en plena naturaleza eran increíbles, puesto que medio Martos se puede ver desde el jardín.

Y además, todos estos huertos que seguro sirvieron de recreo y despensa de frutos frescos a sus habitantes, se encuentran rodeados por un trozo de historia marteña, puesto que las tapias que rodean estos huertos y casas son: ¡¡¡Muralla Medieval construida por los Caballeros de la Orden de Calatrava!!!, la misma muralla que rodeó Martos comienza aquí mismo, es el inicio, y nadie le hace caso ni conoce su existencia.

Solamente diré una cosa más:

En Córdoba y Granada, por poner dos ejemplos, casas así se venden como churros, por precios bastante altos y como alojamientos turísticos nada asequibles al bolsillo...

Los madrileños/as lo saben.

Los catalanes/as lo saben.

Los británicos/as lo saben.
Por eso, están comprando y viviendo en las casas de esta zona.
Los marteños/as, no.


Calle Hermanos Carvajales:

En el antiguo callejero marteño, abundaban las calles de escaleras que en la actualidad, nos son nada prácticas al impedir el paso de vehículos, pero que durante siglos formaron la imagen normal de la ciudad ya que ayudaban a subir más fácilmente las empinadas y tortuosas calles. 

La mayoría desaparecieron en la segunda mitad del siglo XX, como es el caso de esta calle. 

Los palacios que podemos ver en la imagen antigua a cada lado del final de la Calle Porcuna, desde donde está hecha la fotografía, aún se conservan, algunos eso sí, con mejor fortuna que otros. Al igual que muchas de las casas de la imagen, aunque otras también han desaparecido quedando en su lugar solares...de esos que tantos tenemos en el Casco Antiguo.


Calle Felipe:

Esta calle que hace miles de años fue una de las principales arterias de la Tucci Íberorromana, perdió hace décadas, como todas las calles aledañas, su típico acerado de cantos rodados. 

Muchas de las casas que en ella aparecen, hoy están abandonadas y el silencio al pasear por ella es inmenso, roto solo en ocasiones por el cantar de alguna radio o de algún animal de corral.

¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? Yo, ya no lo se...lo que sí se es, que o nos espabilamos TODOS, o llegara el dia en el que las futuras generaciones son señalen con el dedo, por poder haber hecho mucho mas por nuestra ciudad...y no lo hicimos. TODOS.