Saludos amigas y amigos.
Lo confieso. En este año en el que mi blog cumple los 10 años de vida,
no le estoy dando la vidilla que debería a este mi Mundoblog.
Después de 10 años, de llegar a 79 países con mis letras, de acariciar
el millón de visitas, uno se encuentra que ya no tiene 20 años como
cuando comenzó a crear este blog y la vida, te va robando poco a poco el
tiempo y cuando no es la vida, es por que te toca afrontar ese momento
catártico en el que te conviertes en padre de una pequeña criatura que
es tu presente y tu futuro...y tus prioridades cambian.
Aún así, no quisiera que este fuera el final de mi blog y mientras que
queden cosas por mostrar, por descubrir y enseñar de nuestro Paraíso
Interior seguiré ampliando este mi blog, si no con más
periodicidad...con menos.
Dicho esto, hoy quiero invitaros de nuevo a viajar por el corazón de la ciudad
de Martos para conocer el origen de otra de las calles de nuestra
localidad en cuyo nombre se esconden muchos secretos.
Hoy ponemos rumbo a la Calle denominada Del Motril.
Para quien no sepa donde se encuentra, decir que esta calle la
encontramos muy cerca del Santuario de Santa Maria de la Villa, que
rodea al mismo por la parte baja, rodeando en parte las murallas en las
que se asienta el Santuario y que termina en el Albollon, muy cerca de
la Fuente Nueva.
El Santuario de la Virgen de la Villa es un lugar sagrado desde hace
milenios, sabiendo que en el lugar en el que hoy se levanta él
santuario, rehecho totalmente tras el incendio piromano que destruyó su
techo y su interior en 1936, fue anteriormente uno de los templos
principales de la Orden de Calatrava, en el que además se enterraron
desde Maestres de la Orden a grandes personalidades como el maestro
cantero Francisco del Castillo. Anterior a eso, fue la mezquita menor de
Martos y siglos atrás, fue un santuario prehistórico.
Todo este recinto sagrado, enclavado en el cerro de la Villa, quedó
integrado en el Castillo o Fortaleza Baja de la Villa al ir siendo
ampliado el mismo con el tiempo. Cuando finalmente la Reconquista de la Península llegó a su fin, la
población marteña hasta entonces encerrada en sus murallas, comenzó a
expandirse fuera de ellas siendo una de las primeras calles en surgir,
la que hoy nos ocupa.
Una
calle extramuros pero cercana a los mismos muros de la ciudad por si el
peligro regresaba. Una calle hoy humilde, con casas típicas marteñas,
blancas de cal, con
puertas y ventanas de madera en la que antaño existieron casas de mayor
entidad e incluso palacetes.
Una calle, cuya denominación nos hace viajar a aquellos siglos donde las
luchas entre musulmanes y cristianos aún estaban muy frescas en el
recuerdo. La Calle del Motril, nos cuenta la historia de un histórico personaje que llegó y se instaló en nuestra ciudad.
Se
llamaba Juan Díaz y llegó a nuestra ciudad junto a su esposa Bernardina
Gutiérrez. Lo más probable es que esos no fueran sus nombres verdaderos
y me explico. Estas dos personas eran lo que comúnmente se denominaban
Moriscos. Eran
descendientes de aquellos musulmanes que perdieron la Guerra de Granada o
Reconquista, cuando la ciudad y el territorio musulman que controlaba,
fue conquistada por los Reyes Católicos.
Los habitantes de aquellos territorios tras la derrota optaron o por
marcharse de la Península Ibérica en dirección a África para siempre o
instalarse en la Alpujarra, donde en muchas ocasiones siguieron
manteniendo sus costumbres y su credo.
Así estuvieron desde 1492 cuando terminó la Reconquista hasta 1568.
Muchos pueblos alpujarreños ni tan siquiera notaron que el reino
musulman de Granada había desaparecido durante años, hasta que los
castellanos dueños y señores de la península bajo el reinado de los
Reyes Católicos primero y de Carlos I de España y V de Alemania después,
comenzaron a subir los impuestos a la población morisca y a limitar sus
libertades culturales.
La situación estalló en una revuelta que tras dos años puso a los
moriscos en la tesitura de elegir entre la expulsión o la conversión al
cristianismo y a la pérdida de todo acervo musulman. Los que eligieron
la segunda opción, fueron además dispersados por toda la península.
De este grupo, formaría parte Juan Díaz apodado El Motril muy
posiblemente por provenir de aquella parte de la provincia de Granada.
Tanto el como su esposa, se asentaron en la calle que hoy lleva su
nombre, y no solo se integraron sino que hicieron fortuna en nuestra
ciudad, consiguiendo un buen palacete que se construyó en la zona (hoy
totalmente desaparecido) y haciéndose famosos hasta el punto que la
calle donde habitaban llevó el nombre del mismo, desapareciendo con los
siglos el largo nombre de Calle Juan Díaz el Motril, para resumirse en
la actual Calle del Motril.
Una calle muy curiosa, puesto que une dos tramos de nuestro callejero,
el primero que baja de forma empinada desde el Santuario de la Virgen de
la Villa y el otro, que discurre continuando la Calle Baluarte,
estrechándose, llenándose de recovecos y demás particularidades de esta
calle típicamente andaluza y marteña.
Una calle muy peculiar, que tal vez tenga este trazado, al haber
abrazado el desaparecido palacete del famoso Juan Díaz el de Motril...un
personaje cuya huella y cuya lúgubre leyenda siguen a día de hoy
presentes en la calle...pero la leyenda amigos...ES OTRA HISTORIA!
lunes, 13 de mayo de 2019
miércoles, 28 de noviembre de 2018
El Refugio Antiaéreo del Cerro de la Tiza, Martos. Aula de historia subterránea
Saludos, amigas y amigos.
Pues sí. Una vez más (y las que queden) me dispongo a hablar de otro de los vestigios de la Guerra Civil que sobreviven en Martos.
Lo hago porque quiero, porque me encanta, porque puedo y porque poco o nada se ha escrito sobre este lugar.
Y también porque sé, que estos artículos atraen el interés de gran número de personas interesadas en nuestro patrimonio e historia, al tiempo que mantiene entretenidos a otro puñado de personajes, que aún sabiendo que no leen mis artículos, se ponen totalmente extasiados cuando escribo sobre historia reciente, Guerra Civil y Refugios, teniendo así de nuevo, motivos para señalar lo horrible y abominable que soy (realmente ellos utilizan otros palabros más soeces, porque la inteligencia no les da para tanto) por estar sacando a la luz, la historia que curiosamente algunos no quieren que se sepa.
Es curioso pero en pleno siglo XXI, en este país, se puede hablar de historia y con orgullo de ella, siempre que abarque desde los albores de los tiempos, hasta los primeros años del siglo XX. Después de eso, hablar de la II República, de la Guerra Civil o de la Dictadura, es entrar en una vorágine de revisionismo, ocultamiento y odio, unas veces intencionado y algunas otras, adoctrinado.
Expresiones tales como: “siempre la misma historia” “que eso fue hace mucho” se unen a los nuevos “lo de Franco no fue una dictadura” “todos cometieron barbaridades” y toda serie de perlas que cualquier niño de 10 años sabe que son mentira. Pero en fin, qué se puede esperar de estos tiempos, en los que hasta se afirma que la Tierra es plana...
Conclusión: el pueblo que olvida su pasado, vuelve a repetirlo y eso lo saben bien por ejemplo en Alemania, donde los campos del horror nazis atraen a millones de visitantes. No se puede imponer el olvido, cuando miles de víctimas claman desde las cunetas, de igual modo que los judíos no pueden olvidar el holocausto y sus 6 millones de muertos. Un plato es un plato, y una dictadura es una dictadura y todos cometieron barbaridades porque por eso se llama guerra, pero, ¿no cometieron los aliados también barbaridades en la II Guerra Mundial como los bombardeos de Hiroshima, Nagasaki, Dresde o Varsovia que provocaron miles de muertos?
¿Esto hace a los nazis menos malos o genocidas?
Quien quiera ocultar la historia, sus motivos tendrá obviamente.
Acabada esta populista y radical reflexión, nos vamos a unos 5 kilómetros del casco urbano de Martos, siguiendo el trazado de la Vía Verde del Aceite en dirección Alcaudete.
Tras pasar las inmediaciones de la Casería de la Dehesilla, nos encontramos con un cerro tamizado de olivos, en el que llaman la atención un grupo pequeño de pinos de gran porte.
El cerro a simple vista no tiene nada de particular. Pero si nos acercamos y somos un poco curiosos, encontramos primero, los restos de lo que fue una cantera de yeso, que da el nombre al cerro, como Cerro de la Tiza. Sabiendo que la tiza, que proviene del yeso y el yeso mismo, es un tipo de roca que se formó en zonas acuáticas poco profundas en el periodo Triásico, encontramos aquí una primera particularidad que nos habla de una diferencia de este cerro.
Si ascendemos hacia la parte alta, encontramos los tradicionales
linderos que antaño separaban muchas superficies de cultivo, que no solo
guardan una gran variedad de flora autóctona (encinas, coscojas, jaras)
sino que son un refugio de fauna, hoy en peligro de extinción.
En la zona alta del cerro, encontramos unas extrañas formaciones rocosas entre los olivos. Unas formaciones que cualquiera diría que son cosa del hombre, puesto que son rectas y forman ángulos de 90 º. Estamos ante los restos de un antiguo poblado romano, cuyos cimientos aún resurgen entre las raíces de los olivos centenarios. Unos restos arqueológicos que como siempre, no han captado el interés ni de estudiosos ni de arqueólogos para saber más de ellos.
Casi sin movernos, si nos fijamos bien en el suelo, encontramos algo realmente curioso. Y es que las rocas que pavimentan de forma natural este olivar están plagadas de fósiles de almejas, mejillones y de un amplio abanico de especies marinas fosilizadas.
Las propias rocas, tienen un aspecto muy parecido al de la arena de la playa actual, con la diferencia de que aquí, forman bloques de roca, compuestos de arena y conchas. Este curioso descubrimiento, nos habla del pasado remoto de la ciudad de Martos, cuando hace más de 200 millones de años, nuestra ciudad, junto a buena parte de la Península Ibérica, se encontraba sumergida bajo las aguas del Océano prehistórico de Tethis.
A lo largo de los milenios, el Término de Martos, fue convirtiéndose en una zona de escasa profundidad marina, hasta convertirse en una zona lacustre o de lago salado aislado del mar, que con el tiempo se fue desecando, formando primero una playa prehistórica que formó las rocas que tenemos ante nosotros, y después una acumulación de sales que formó los yacimientos de yeso cercanos. (Hoy día encontrar estos fósiles es complicado, puesto que los dueños de los olivares, hartos de encontrar gente sacando fósiles de sus olivos, llenaron sus campos de restos de biomasa de olivar, que tapó totalmente el suelo)
Sin duda, conociendo lo que hasta aquí he relatado, ya nos encontramos con un cerro bastante singular.
Pero lo mejor como siempre está por llegar.
El protagonista de este artículo se encuentra a muy pocos metros del citado Olivar de los fósiles. Escondido bajo las altas copas de los pinos, encontramos lo que comúnmente los marteños llaman “la Cueva de los Borreros”. Sin embargo, con solo echarle un vistazo nos podemos dar cuenta de que no se trata en absoluto de una cueva natural.
Estamos ante una serie de refugios antiaéreos excavados en el lecho de este cerro. Exactamente, sin un estudio arqueológico, no podemos saber si estos refugios ya eran utilizados con otro uso antes de la guerra, o fueron excavados a propósito para la misma.
Lo que sí se constata es que fueron excavados en el lugar gracias a la facilidad que daban las rocas de escasa dureza y que se construyeron varias galerías subterráneas, que podían alcanzar cerca de los 100 metros de extensión.
En la actualidad, estos pasadizos subterráneos no son tan extensos puesto que con el tiempo han sufrido derrumbes o han ido quedando ocluidos por la entrada de tierra de forma natural o provocada por los animales.
Aún así, siguen quedando 3 tipos de galerías diferenciadas.
Una primera, que tras una pronunciada caída, se adentra unos 20 metros en la tierra. Es el pasadizo más alejado, que según fuentes orales, era utilizado como polvorín para guardar explosivos y municiones alejados de la tropa, protegiéndolos de bombardeos o accidentes.
Un segundo pasadizo, de unos 10 metros, se encuentra con sus entradas parcialmente cegadas y podría ser un abrigo para la tropa, donde los soldados se recogerían para protegerse del frío, el viento o la lluvia.
El tercero, el más grande, se encuentra en unas condiciones regulares.
Su entrada forma varios quiebros para evitar el efecto de ataques directos con bombas. En su interior, encontramos un primer paso cegado a la izquierda. Girando a la derecha, encontraremos una entrada que hoy se encuentra cegada, totalmente minada por los conejos.
Si seguimos adentrándonos en la tierra, por la larga galería vamos encontrando aún las marcas de las herramientas que se utilizaron para la excavación del refugio, junto a varias repisas que servían para colocar los carburos que iluminaban la galería. Tras un largo trecho, llegamos al final del refugio, que se bifurca en tres direcciones.
Pareciera que dos de estas bifurcaciones son muestras de que el refugio inicialmente estaba planificado para ser mucho más extenso y no dio tiempo a seguir adentrándose en la tierra o bien, alguna circunstancia detuvo por siempre la excavación.
El pasillo restante estaba comunicado con el exterior pero sufrió un derrumbe hace varias décadas.
Tras la descripción del refugio, podemos cuestionarnos el por qué de este refugio a tanta distancia de Martos.
El motivo es bien sencillo. Desde el cerro donde se encuentra, se podía controlar la Línea Linares-Puente Genil, junto a la carretera que llevaba a Monte Lope Álvarez.
El ferrocarril estaba cortado a la altura de la cercana localidad de Alcaudete puesto que la línea se adentraba en zona controlada por los golpistas, pero se temía que pudiera ser utilizado para algún tipo de ataque enemigo con trenes blindados.
La carretera que llevaba a Monte Lope Álvarez, era una carretera estratégica, puesto que el frente, se encontraba a unos kilómetros de la pedanía marteña, por lo que era fundamental a la hora de que se pudiera producir algún ataque enemigo, ya que desde la carretera, se reforzaría rápidamente el frente.
Además, desde esta posición se controlaba visualmente el frente de Porcuna e Higuera de Calatrava, una zona en constante movimiento faccioso durante toda la guerra, por la que provenían además, los aviones franquistas, (enviados en su mayoría por la Alemania Nazi y la Italia fascista) que atacaron Martos en más de una veintena de ocasiones.
Esta posición actuaba como una vigía de alerta temprana.
Pero no solo se utilizaba el lugar para la vigilancia. En la zona alta, cercana a las citadas ruinas romanas, se colocaron varias ametralladoras y cañones antiaéreos, con los que se pretendía evitar los destructivos vuelos franquistas que solo en Martos, produjeron un número indeterminado de muertos, que se estima podría ser cercano al centenar.
A un kilómetro de este lugar, existió el que posiblemente fuera el refugio antiaéreo más grande de toda la localidad de Martos. Se trataba de un refugio excavado entre los olivares, que pudo tener una distancia de unos 500 metros y que cruzaba la carretera del Monte Lope Álvarez, de un lado a otro, sirviendo como almacén de gran cantidad de material militar. Dicho refugio, formaría parte de todo el conjunto defensivo del que el refugio de la tiza formaba parte. Hoy no queda nada de él, puesto que fue rellenado con escombros hace muchas décadas y así se perdió irreversiblemente.
Estamos por tanto ante otro de los ejemplos de defensa exterior de la Ciudad de Martos, un lugar que, de forma callada y desde el olvido, nos cuenta una gran cantidad de información que sigue siendo una gran desconocida, en estos tiempos de manipulación histórica y de olvido obligado.
Pues sí. Una vez más (y las que queden) me dispongo a hablar de otro de los vestigios de la Guerra Civil que sobreviven en Martos.
Lo hago porque quiero, porque me encanta, porque puedo y porque poco o nada se ha escrito sobre este lugar.
Y también porque sé, que estos artículos atraen el interés de gran número de personas interesadas en nuestro patrimonio e historia, al tiempo que mantiene entretenidos a otro puñado de personajes, que aún sabiendo que no leen mis artículos, se ponen totalmente extasiados cuando escribo sobre historia reciente, Guerra Civil y Refugios, teniendo así de nuevo, motivos para señalar lo horrible y abominable que soy (realmente ellos utilizan otros palabros más soeces, porque la inteligencia no les da para tanto) por estar sacando a la luz, la historia que curiosamente algunos no quieren que se sepa.
Es curioso pero en pleno siglo XXI, en este país, se puede hablar de historia y con orgullo de ella, siempre que abarque desde los albores de los tiempos, hasta los primeros años del siglo XX. Después de eso, hablar de la II República, de la Guerra Civil o de la Dictadura, es entrar en una vorágine de revisionismo, ocultamiento y odio, unas veces intencionado y algunas otras, adoctrinado.
Expresiones tales como: “siempre la misma historia” “que eso fue hace mucho” se unen a los nuevos “lo de Franco no fue una dictadura” “todos cometieron barbaridades” y toda serie de perlas que cualquier niño de 10 años sabe que son mentira. Pero en fin, qué se puede esperar de estos tiempos, en los que hasta se afirma que la Tierra es plana...
Conclusión: el pueblo que olvida su pasado, vuelve a repetirlo y eso lo saben bien por ejemplo en Alemania, donde los campos del horror nazis atraen a millones de visitantes. No se puede imponer el olvido, cuando miles de víctimas claman desde las cunetas, de igual modo que los judíos no pueden olvidar el holocausto y sus 6 millones de muertos. Un plato es un plato, y una dictadura es una dictadura y todos cometieron barbaridades porque por eso se llama guerra, pero, ¿no cometieron los aliados también barbaridades en la II Guerra Mundial como los bombardeos de Hiroshima, Nagasaki, Dresde o Varsovia que provocaron miles de muertos?
¿Esto hace a los nazis menos malos o genocidas?
Quien quiera ocultar la historia, sus motivos tendrá obviamente.
Acabada esta populista y radical reflexión, nos vamos a unos 5 kilómetros del casco urbano de Martos, siguiendo el trazado de la Vía Verde del Aceite en dirección Alcaudete.
Tras pasar las inmediaciones de la Casería de la Dehesilla, nos encontramos con un cerro tamizado de olivos, en el que llaman la atención un grupo pequeño de pinos de gran porte.
El cerro a simple vista no tiene nada de particular. Pero si nos acercamos y somos un poco curiosos, encontramos primero, los restos de lo que fue una cantera de yeso, que da el nombre al cerro, como Cerro de la Tiza. Sabiendo que la tiza, que proviene del yeso y el yeso mismo, es un tipo de roca que se formó en zonas acuáticas poco profundas en el periodo Triásico, encontramos aquí una primera particularidad que nos habla de una diferencia de este cerro.
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| Paisajes del Triasico |
En la zona alta del cerro, encontramos unas extrañas formaciones rocosas entre los olivos. Unas formaciones que cualquiera diría que son cosa del hombre, puesto que son rectas y forman ángulos de 90 º. Estamos ante los restos de un antiguo poblado romano, cuyos cimientos aún resurgen entre las raíces de los olivos centenarios. Unos restos arqueológicos que como siempre, no han captado el interés ni de estudiosos ni de arqueólogos para saber más de ellos.
Casi sin movernos, si nos fijamos bien en el suelo, encontramos algo realmente curioso. Y es que las rocas que pavimentan de forma natural este olivar están plagadas de fósiles de almejas, mejillones y de un amplio abanico de especies marinas fosilizadas.
Las propias rocas, tienen un aspecto muy parecido al de la arena de la playa actual, con la diferencia de que aquí, forman bloques de roca, compuestos de arena y conchas. Este curioso descubrimiento, nos habla del pasado remoto de la ciudad de Martos, cuando hace más de 200 millones de años, nuestra ciudad, junto a buena parte de la Península Ibérica, se encontraba sumergida bajo las aguas del Océano prehistórico de Tethis.
A lo largo de los milenios, el Término de Martos, fue convirtiéndose en una zona de escasa profundidad marina, hasta convertirse en una zona lacustre o de lago salado aislado del mar, que con el tiempo se fue desecando, formando primero una playa prehistórica que formó las rocas que tenemos ante nosotros, y después una acumulación de sales que formó los yacimientos de yeso cercanos. (Hoy día encontrar estos fósiles es complicado, puesto que los dueños de los olivares, hartos de encontrar gente sacando fósiles de sus olivos, llenaron sus campos de restos de biomasa de olivar, que tapó totalmente el suelo)
Sin duda, conociendo lo que hasta aquí he relatado, ya nos encontramos con un cerro bastante singular.
Pero lo mejor como siempre está por llegar.
El protagonista de este artículo se encuentra a muy pocos metros del citado Olivar de los fósiles. Escondido bajo las altas copas de los pinos, encontramos lo que comúnmente los marteños llaman “la Cueva de los Borreros”. Sin embargo, con solo echarle un vistazo nos podemos dar cuenta de que no se trata en absoluto de una cueva natural.
Estamos ante una serie de refugios antiaéreos excavados en el lecho de este cerro. Exactamente, sin un estudio arqueológico, no podemos saber si estos refugios ya eran utilizados con otro uso antes de la guerra, o fueron excavados a propósito para la misma.
Lo que sí se constata es que fueron excavados en el lugar gracias a la facilidad que daban las rocas de escasa dureza y que se construyeron varias galerías subterráneas, que podían alcanzar cerca de los 100 metros de extensión.
En la actualidad, estos pasadizos subterráneos no son tan extensos puesto que con el tiempo han sufrido derrumbes o han ido quedando ocluidos por la entrada de tierra de forma natural o provocada por los animales.
Aún así, siguen quedando 3 tipos de galerías diferenciadas.
Una primera, que tras una pronunciada caída, se adentra unos 20 metros en la tierra. Es el pasadizo más alejado, que según fuentes orales, era utilizado como polvorín para guardar explosivos y municiones alejados de la tropa, protegiéndolos de bombardeos o accidentes.
Un segundo pasadizo, de unos 10 metros, se encuentra con sus entradas parcialmente cegadas y podría ser un abrigo para la tropa, donde los soldados se recogerían para protegerse del frío, el viento o la lluvia.
El tercero, el más grande, se encuentra en unas condiciones regulares.
Su entrada forma varios quiebros para evitar el efecto de ataques directos con bombas. En su interior, encontramos un primer paso cegado a la izquierda. Girando a la derecha, encontraremos una entrada que hoy se encuentra cegada, totalmente minada por los conejos.
Si seguimos adentrándonos en la tierra, por la larga galería vamos encontrando aún las marcas de las herramientas que se utilizaron para la excavación del refugio, junto a varias repisas que servían para colocar los carburos que iluminaban la galería. Tras un largo trecho, llegamos al final del refugio, que se bifurca en tres direcciones.
Pareciera que dos de estas bifurcaciones son muestras de que el refugio inicialmente estaba planificado para ser mucho más extenso y no dio tiempo a seguir adentrándose en la tierra o bien, alguna circunstancia detuvo por siempre la excavación.
El pasillo restante estaba comunicado con el exterior pero sufrió un derrumbe hace varias décadas.
Tras la descripción del refugio, podemos cuestionarnos el por qué de este refugio a tanta distancia de Martos.
El motivo es bien sencillo. Desde el cerro donde se encuentra, se podía controlar la Línea Linares-Puente Genil, junto a la carretera que llevaba a Monte Lope Álvarez.
El ferrocarril estaba cortado a la altura de la cercana localidad de Alcaudete puesto que la línea se adentraba en zona controlada por los golpistas, pero se temía que pudiera ser utilizado para algún tipo de ataque enemigo con trenes blindados.
La carretera que llevaba a Monte Lope Álvarez, era una carretera estratégica, puesto que el frente, se encontraba a unos kilómetros de la pedanía marteña, por lo que era fundamental a la hora de que se pudiera producir algún ataque enemigo, ya que desde la carretera, se reforzaría rápidamente el frente.
Además, desde esta posición se controlaba visualmente el frente de Porcuna e Higuera de Calatrava, una zona en constante movimiento faccioso durante toda la guerra, por la que provenían además, los aviones franquistas, (enviados en su mayoría por la Alemania Nazi y la Italia fascista) que atacaron Martos en más de una veintena de ocasiones.
Esta posición actuaba como una vigía de alerta temprana.
Pero no solo se utilizaba el lugar para la vigilancia. En la zona alta, cercana a las citadas ruinas romanas, se colocaron varias ametralladoras y cañones antiaéreos, con los que se pretendía evitar los destructivos vuelos franquistas que solo en Martos, produjeron un número indeterminado de muertos, que se estima podría ser cercano al centenar.
A un kilómetro de este lugar, existió el que posiblemente fuera el refugio antiaéreo más grande de toda la localidad de Martos. Se trataba de un refugio excavado entre los olivares, que pudo tener una distancia de unos 500 metros y que cruzaba la carretera del Monte Lope Álvarez, de un lado a otro, sirviendo como almacén de gran cantidad de material militar. Dicho refugio, formaría parte de todo el conjunto defensivo del que el refugio de la tiza formaba parte. Hoy no queda nada de él, puesto que fue rellenado con escombros hace muchas décadas y así se perdió irreversiblemente.
Estamos por tanto ante otro de los ejemplos de defensa exterior de la Ciudad de Martos, un lugar que, de forma callada y desde el olvido, nos cuenta una gran cantidad de información que sigue siendo una gran desconocida, en estos tiempos de manipulación histórica y de olvido obligado.
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domingo, 11 de noviembre de 2018
El Lapidarium del Ayuntamiento de Martos. Cuando las calles son un museo
Saludos, amigas y amigos.
Lamentablemente en la actualidad, algunas de aquellas joyas arquitectónicas han desaparecido y otras fueron trasladadas a otros lugares que no les hacen mérito, seña de que el mimo y el cuidado que tuvieron los antiguos gobernantes no han sabido tenerlo los modernos.
Una tremenda colección, que aunque sufre los problemas de estar expuesta a la intemperie, haciendo que algunas de sus grandes piedras talladas hayan perdido parte de los textos que en ella aparecían (y que debería buscarse algún modo de protegerlas) sigue siendo toda una enciclopedia de piedra que nos habla de la historia de nuestra ciudad hace más de dos mil años.
Puesto que hablar de todas y cada una de ellas sería muy largo y repetitivo, vamos a comenzar un breve resumen por algunas de ellas, para acercarnos un poco a su historia y para que propios y extraños puedan tener al menos un aperitivo de este trozo de historia pública de Martos.
La Ciudad de Marte (en referencia a Martos, cuya Peña en tiempos romanos fue dedicada al Dios Marte) dedica a Hércules el Líbico, Dios invicto, una estatua de plata que costeó el Erario público. Obviamente, la estatua y la plata hoy día han desaparecido o quién sabe...quizás sigan reposando bajo nuestro suelo.
Que quiere decir, que esta lápida era una consagración de la estatua que hizo la República Tuccitana a César Severo Augusto Emperador, hijo de Divo Septimio Severo Pío Pertinaz Augusto Arábico Adiabénico Parthico Máximo Emperador Pacificador del Mundo.
Basa de columna que la República Tuccitana dedicó al Emperador César Marco Aurelio Antonino Augusto, hijo de Septimio Severo Pío Pertinaz Augusto Arábico Adiabénico Parthico Máximo Emperador Pacificador del Mundo.
Que soy un apasionado de la historia y un entusiasta de la historia de mi ciudad, ya lo sabéis.
Que
llevo por bandera el lema de un ilustre marteño como fue Don Manuel
Caballero Venzalá que decía: “que soy apasionadamente marteño, esa es mi
gloria” también lo sabréis si leéis mi blog.
Y
hoy, quiero mostraros otra de las singularidades de esta Bimilenaria
Ciudad de Martos, que fue rebautizada en el Renacimiento como Roma la
Vieja por tantas maravillas como en ella se construyeron.
Lamentablemente en la actualidad, algunas de aquellas joyas arquitectónicas han desaparecido y otras fueron trasladadas a otros lugares que no les hacen mérito, seña de que el mimo y el cuidado que tuvieron los antiguos gobernantes no han sabido tenerlo los modernos.
Aún
así, ideas revolucionarias como las del maestro cantero Francisco del
Castillo el Mozo, siguen presentes en la Ciudad de la Peña.
Ideas
como por ejemplo, las de recoger todas las inscripciones y lápidas
romanas que existían en nuestra ciudad y colocarlas en la Cárcel y
Cabildo, que hoy es nuestro Ayuntamiento, formando un increíble
Lapidarium que más de un museo querría, puesto en exposición en la
propia calle.
Una tremenda colección, que aunque sufre los problemas de estar expuesta a la intemperie, haciendo que algunas de sus grandes piedras talladas hayan perdido parte de los textos que en ella aparecían (y que debería buscarse algún modo de protegerlas) sigue siendo toda una enciclopedia de piedra que nos habla de la historia de nuestra ciudad hace más de dos mil años.
Muchas de estas piedras
llenas de historia, fueron halladas por la ciudad a lo largo de los
siglos, demostrando la importancia capital que tuvo la Colonia Augusta
Gemella Tuccitana en época romana y fueron reunidas con la construcción
de la Cárcel y Cabildo en el siglo XVI.
Lápidas
que en buena parte se conservan bastante bien en su mayoría, aunque
otras por el tipo de roca se encuentran gastadas por la acción de los
milenios. A ello, debemos sumarle una de las lápidas que fue hallada en
un arroyo tras una fuerte riada.
Por no hablar de un par de ejemplos de la Damatio memoriae o
negación de la memoria, con la que los romanos intentaban borrar todo
recuerdo de determinadas personas para condenarlas al olvido eterno.
Referencias
a Hércules y a la República Tuccitana son constantes, puesto que esta
ciudad y su Peña fueron fundadas según la leyenda por Hércules, la Peña
es su Tercera Columna y Martos, gracias al apoyo que dieron sus
pobladores a Roma, ante las embestidas de Viriato, fue considerada Res publica tuccitanorum y sus habitantes, ciudadanos romanos.
Puesto que hablar de todas y cada una de ellas sería muy largo y repetitivo, vamos a comenzar un breve resumen por algunas de ellas, para acercarnos un poco a su historia y para que propios y extraños puedan tener al menos un aperitivo de este trozo de historia pública de Martos.
LIBYCO.HERCVLI.DEO.INVIC.STATVAM.ARG.CLP.CIVITAS.MARTIS
La Ciudad de Marte (en referencia a Martos, cuya Peña en tiempos romanos fue dedicada al Dios Marte) dedica a Hércules el Líbico, Dios invicto, una estatua de plata que costeó el Erario público. Obviamente, la estatua y la plata hoy día han desaparecido o quién sabe...quizás sigan reposando bajo nuestro suelo.
Otra más, en memoria de los César:
IMP.CAES.GETAE.SEVERO.AVG.DIVI.SEPTI.MI.SEVERI.PII.PERTINACIS.AVG.ARABICI.ADI BENICI.PARTHI.M.PACATORIS.ORBIS.ET.M.AVRELII.ANTONINI.IMPER.FRAT. RESP.TVCCIT.
Que quiere decir, que esta lápida era una consagración de la estatua que hizo la República Tuccitana a César Severo Augusto Emperador, hijo de Divo Septimio Severo Pío Pertinaz Augusto Arábico Adiabénico Parthico Máximo Emperador Pacificador del Mundo.
IVLIAE.AVG.MATRI.CASTORUM. RESP.TVCCITAN.D.D.D
Basa
de Estatua que la República Tuccitana dedicó a Julia Augusta, mujer del
emperador Lucio Septimio Severo renombrada como Madre de los Reales.
IMP.CAES.M.AVRELIO.ANTONINO. AVG.F.SEPT.SEVERI.PII. PERTINACIS.AVG.ARABICI. ADIABENICI.PARTHICI.MAX. PACATORIS.ORBIS.FILLIO.D.T. RESP.TVCCIT.
Basa de columna que la República Tuccitana dedicó al Emperador César Marco Aurelio Antonino Augusto, hijo de Septimio Severo Pío Pertinaz Augusto Arábico Adiabénico Parthico Máximo Emperador Pacificador del Mundo.
HERCVLI.INVICTO.TI.IVLIVS. AVGVSTI.F.DIVI.NEPOS.CAES.AVG. IMP.PONTIFEX.MAXIMVS.DED.
Dedicada
al gran Hércules por Tiberio Julio hijo de Augusto, nieto de Divo César
Augusto Emperador, Pontífice Máximo como nueva muestra del culto que la
ciudad tenía hacia el héroe.
Otras lamentablemente sólo aportan algunas historias y nos cuentan al tiempo otras nuevas como:
MARCO.AELIO.GA.AELIA SENILIA.S.M.FABIVS.SENILIO
Podría ser una de las lápidas del Foro Romano que se esconde bajo nuestra plaza.
No
puede entenderse todo el contenido de la misma al haber sido recortada y
utilizada anteriormente para la entrada de algún edificio cuyos goznes
de la puerta, se asentarían sobre la piedra desgastándola como puede
apreciarse.
Como curiosidad, podemos ver que
dicha lápida tendría las letras rellenadas con algún tipo de metal hoy
desaparecido, del que siguen quedando los huecos donde se anclaba el
metal.
Con
total seguridad, sigue quedando un ingentísimo patrimonio escondido
bajo nuestros pies de aquel tiempo romano en Martos, aunque sobrados
ejemplos existen del maltrato y el olvido que sufre cuando resurge en
cualquier excavación, mostrando así la escasa altura de miras que muchas
veces tenemos, puesto que en otros lugares la aparición de estos
vestigios del tiempo.
Aún
así, el ingentísimo patrimonio y pasado romano de la Colonia Augusta
Gemella Tuccitana es tan grande, que no solo ocupa muchos espacios del
Museo Provincial y de sus almacenes, de almacenes del Ayuntamiento de
Martos y del Museo de San Antonio de Martos, sino que daría para un buen
museo arqueológico marteño, para una Ruta por el Martos Romano y para
más de un espacio de arqueología urbana donde se descubrieran y pudieran
musealizarse y visitarse muchos de los espacios que es sabido que se
esconden bajo nuestros pies, como el Foro Romano o numerosas villas
romanas.
En
un tiempo, en el que el turista nacional y extranjero, cada día exige
un turismo de mayor calidad y en el que el turismo arqueológico y
patrimonial cada día tiene mayor hueco, nos está faltando tiempo.
Etiquetas:
Arqueologia,
Martos,
Sierra sur
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